El feminicidio constituye una de las expresiones más extremas de la violencia contra la mujer y representa, desde una perspectiva sociológica, mucho más que un hecho criminal aislado.
Detrás de cada mujer asesinada existe una historia de relaciones sociales, estructuras familiares, patrones culturales, desigualdades, conflictos de poder y, en determinados casos, fallas institucionales que permiten que una situación de violencia avance hasta alcanzar su expresión más letal.
La sociología nos obliga a mirar más allá del cadáver y preguntarnos qué condiciones sociales hicieron posible que esa violencia llegara hasta ese punto.
El feminicidio no comienza necesariamente con el asesinato. Muchas veces existe un proceso previo compuesto por control, amenazas, humillaciones, aislamiento, violencia psicológica, violencia económica, agresiones físicas, acoso y dominación. Es decir, existe una trayectoria de violencia que puede escalar progresivamente.
El Famoso Machismo
Es muy cierto que la República Dominicana es un país con influencia Oriental, el dominio del hombre hacia la mujer es preocupante, el hombre piensa que la mujer es parte de su propiedad, sin saber que un matrimonio es un contrato Social, legal que involucra a ambas partes.
Desde una visión Psicológica, los feminicidios son causados también por el apego emocional, ese que atrapa al pensamiento del hombre, aquellos que padecen esta condición se convierten en víctimas de este mal.
¿ Que es el Apego?
Es mal que afecta al individuo, el apego crea dependencia, todo gira al rededor de esa persona, el apego emocional es un factor de seguridad, de cuidado, de protección.
En nuestro país la tasa de feminicidios es muy alta, los indicadores sociales apuntan a, varios males sociales.
Desde esta perspectiva, el feminicidio debe ser entendido como un fenómeno social y estructural, además de jurídico y policial.
La dimensión sociológica del feminicidio
Las sociedades transmiten valores, normas y comportamientos de una generación a otra. La familia, la escuela, los grupos de pares, los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones religiosas y otras estructuras de socialización participan en la construcción de las ideas que hombres y mujeres desarrollan sobre las relaciones afectivas, la autoridad, el poder y la convivencia.
Cuando una cultura reproduce la idea de que el hombre debe controlar a la mujer, que los celos son una demostración de amor, que la posesión forma parte de la relación de pareja o que una mujer debe permanecer junto a un hombre independientemente del maltrato, se está creando un entorno social que puede favorecer la reproducción de conductas violentas.
CEPAL ha señalado que los feminicidios hacen visible la persistencia de estructuras de desigualdad de género y de patrones culturales patriarcales, discriminatorios y violentos.
Esto no significa que todos los hombres sean violentos ni que la violencia pueda explicarse únicamente por la cultura. El fenómeno es más complejo. En él interactúan factores individuales, familiares, económicos, culturales, comunitarios e institucionales.
Por eso, una política seria contra el feminicidio debe evitar las explicaciones simplistas.
El poder y la dominación
Uno de los conceptos fundamentales para analizar el feminicidio desde la sociología es el poder.
En determinadas relaciones de pareja, el agresor puede intentar ejercer control sobre la vida de la mujer: decidir con quién puede relacionarse, cómo debe vestirse, dónde puede ir, con quién puede hablar, qué puede hacer con su dinero o cuándo puede terminar la relación.
Cuando el control se convierte en una forma permanente de dominación, la relación deja de ser una relación de igualdad.
El problema se vuelve todavía más grave cuando el agresor interpreta la separación como una pérdida de poder y responde mediante amenazas, persecución o violencia.
Por ello, la ruptura de una relación no debe ser considerada simplemente como un problema sentimental. En determinados casos puede constituir una etapa de alto riesgo que requiere intervención institucional y protección efectiva.
Las causas sociales
Las causas del feminicidio son múltiples y no existe una explicación única.
Entre los factores sociales que pueden contribuir a la violencia de género se encuentran la desigualdad de poder dentro de determinadas relaciones, los patrones culturales que legitiman la dominación, la normalización de los celos y del control, la dependencia económica, el aislamiento social, antecedentes de violencia, dificultades para acceder a mecanismos de protección y determinadas condiciones de vulnerabilidad.
También existen factores relacionados con la educación emocional.
Una sociedad que enseña a muchos niños que los hombres deben ser fuertes, dominantes y poco expresivos emocionalmente puede producir adultos con dificultades para manejar el rechazo, la frustración, la separación y los conflictos mediante mecanismos no violentos.
Esto no convierte a la educación en una explicación suficiente del feminicidio, pero sí demuestra que la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezca la violencia.
La familia como espacio de socialización
La familia constituye una de las instituciones fundamentales para la socialización.
En ella se aprenden modelos de autoridad, comunicación, afectividad y resolución de conflictos.
Cuando los niños crecen observando violencia entre adultos, pueden aprender que la agresión constituye una forma aceptable de resolver conflictos.
Esto no significa que una persona que haya crecido en un ambiente violento necesariamente se convertirá en agresor, pero sí demuestra la importancia de intervenir sobre los patrones de violencia familiar.
Por eso, prevenir el feminicidio también significa transformar la manera en que enseñamos a nuestros hijos a relacionarse.
La escuela no puede permanecer al margen
La escuela representa uno de los principales espacios de socialización después de la familia.
Una política nacional de prevención debe incorporar educación para la convivencia, resolución pacífica de conflictos, igualdad, respeto, manejo de las emociones, prevención del acoso y reconocimiento temprano de relaciones abusivas.
No se trata solamente de enseñar contenidos académicos. También se trata de formar ciudadanos capaces de convivir.
El estudiante debe aprender que los celos no constituyen una prueba de amor, que nadie tiene derecho a controlar la vida de su pareja y que una relación afectiva debe construirse sobre el respeto, la libertad y la reciprocidad.
El papel de la comunidad
La violencia de género tampoco puede ser considerada exclusivamente un asunto privado.
Durante mucho tiempo determinadas sociedades utilizaron la expresión «problemas de pareja» para referirse a situaciones que podían incluir amenazas y agresiones.
Ese silencio social puede convertirse en un factor de riesgo.
La comunidad debe desarrollar mecanismos de alerta y protección. Vecinos, familiares, amigos, organizaciones comunitarias, centros educativos y autoridades locales pueden desempeñar un papel fundamental en la identificación temprana de situaciones peligrosas.
La prevención requiere una sociedad que no permanezca indiferente.
El Estado frente al feminicidio
El Estado tiene una responsabilidad fundamental porque posee las instituciones, los recursos y las herramientas legales necesarias para prevenir, proteger, investigar y sancionar.
CEPAL ha insistido en que la prevención del feminicidio exige respuestas estatales robustas, mejores sistemas de información, recursos presupuestarios suficientes, valoración del riesgo y medidas efectivas de protección, además de servicios médicos, psicosociales, jurídicos, educativos y económicos.
En República Dominicana ya existen estructuras estatales destinadas a la prevención y atención de la violencia contra las mujeres. El Ministerio de la Mujer señala entre sus funciones fortalecer las políticas públicas de prevención, las redes comunitarias de protección y la articulación interinstitucional.
Además, en abril de 2026 el Gabinete de Mujeres, Adolescentes y Niñas aprobó el Plan Estratégico por una Vida Libre de Violencia, orientado a coordinar la acción estatal mediante mesas técnicas interinstitucionales.
El desafío ahora es que las políticas públicas no permanezcan únicamente en documentos institucionales, sino que lleguen efectivamente a las comunidades.
¿Qué puede hacer el Estado?
Primero, fortalecer los mecanismos de evaluación del riesgo.
No todas las denuncias tienen el mismo nivel de peligrosidad. Las instituciones deben identificar los casos de mayor riesgo y actuar rápidamente cuando existen amenazas de muerte, persecución, violencia grave, posesión de armas, incumplimiento de medidas judiciales u otros indicadores de peligro.
Segundo, mejorar la protección.
Una orden de protección solamente tiene valor preventivo si puede hacerse cumplir.
Tercero, fortalecer la investigación criminal.
La impunidad debilita la confianza en las instituciones y puede generar la percepción de que la violencia tiene pocas consecuencias.
Cuarto, ampliar los servicios de atención psicológica, jurídica, social y económica.
Una mujer que intenta abandonar una relación violenta puede encontrarse con obstáculos económicos, familiares y sociales. La autonomía económica y el acceso a redes de apoyo son componentes importantes de la prevención.
Quinto, desarrollar bases de datos integradas.
El Estado necesita saber dónde ocurren los feminicidios, cuáles fueron sus antecedentes, si existían denuncias, si había órdenes de protección, si existían antecedentes de agresión y qué instituciones habían intervenido.
Sin información de calidad no existe una política pública verdaderamente inteligente.
Sexto, fortalecer el trabajo territorial.
La prevención no puede concentrarse exclusivamente en las grandes ciudades. Debe llegar a barrios, municipios, distritos municipales y comunidades rurales.
Séptimo, trabajar también con los hombres.
Prevenir el feminicidio no significa únicamente proteger a las mujeres después de que aparece la violencia. También significa intervenir sobre los comportamientos masculinos violentos, promover nuevas formas de masculinidad y desarrollar programas de educación emocional y resolución pacífica de conflictos.
La prevención comienza antes del delito
Uno de los principales errores de las políticas públicas es reaccionar únicamente después de que ocurre una tragedia.
Desde la sociología preventiva, el objetivo debe ser intervenir antes de que la violencia llegue a su punto máximo.
ONU Mujeres sostiene que la prevención requiere abordar las causas estructurales y los factores de riesgo y protección asociados con la violencia.
Esto implica pasar de una cultura institucional predominantemente reactiva a una cultura preventiva.
No debemos esperar a que una mujer sea asesinada para preguntarnos si había señales de peligro.
Debemos identificar esas señales antes.
Las consecuencias del feminicidio
El feminicidio no termina con la muerte de la víctima.
Cada asesinato produce una cadena de consecuencias sociales.
Quedan hijos huérfanos, familias destruidas, madres y padres afectados psicológicamente, comunidades traumatizadas y niños que pueden crecer con la experiencia de haber perdido a su madre en circunstancias violentas.
También existe un impacto económico y social.
Cuando una mujer muere, desaparece una integrante de una familia, una trabajadora, una madre, una hija, una hermana y una miembro de la comunidad.
Por eso, el feminicidio no debe medirse únicamente en estadísticas.
Detrás de cada número existe una persona y detrás de esa persona existe una red social afectada.
Una sociedad del cuidado
CEPAL ha planteado la necesidad de avanzar hacia una sociedad del cuidado capaz de transformar patrones culturales patriarcales, discriminatorios y violentos.
Esta idea resulta fundamental.
Una sociedad del cuidado es aquella que coloca la vida, la dignidad humana, la protección y la convivencia en el centro de sus políticas públicas.
Significa construir relaciones donde el poder no se utilice para dominar, sino para proteger; donde la masculinidad no sea asociada con la violencia; donde la mujer tenga autonomía y seguridad; y donde la comunidad entienda que la violencia contra una mujer no es un problema privado.
El feminicidio constituye una tragedia humana, pero también un síntoma social.
No podemos combatirlo únicamente aumentando las penas después de ocurrido el crimen. Tampoco podemos reducirlo a una discusión entre hombres y mujeres.
El problema exige una mirada integral.
Hay que trabajar con la familia, la escuela, la comunidad, las instituciones de justicia, la Policía, el sistema de salud, los medios de comunicación, las organizaciones sociales y el propio Estado.
La pregunta no debe ser solamente cuántas mujeres han sido asesinadas.
La pregunta sociológica fundamental debe ser otra:
¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad para que determinadas relaciones de poder lleguen hasta el extremo de convertir la vida de una mujer en el objeto de control de otra persona?
Responder esa pregunta exige investigación, educación, políticas públicas, voluntad institucional y transformación cultural.
El feminicidio no se controla únicamente después del asesinato. Se combate mucho antes: cuando se educa, cuando se escucha, cuando se identifica el riesgo, cuando se protege a la víctima, cuando se interviene sobre el agresor y cuando las instituciones actúan con rapidez.
Una sociedad que espera el asesinato para reaccionar llega demasiado tarde.
La verdadera política contra el feminicidio debe comenzar mucho antes de que aparezca la violencia.
Debe comenzar construyendo una sociedad donde ninguna persona considere que tiene derecho a controlar, poseer o decidir sobre la vida de otra.
Porque prevenir un feminicidio no es solamente salvar una vida.
Es proteger una familia, preservar una comunidad y defender el principio fundamental de toda sociedad democrática: el derecho de cada ser humano a vivir con dignidad, libertad y seguridad.

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