julio 23, 2026

¿Quién está criando realmente a nuestros hijos?

Por: Brandy Berroa

La educación dejó de ser una responsabilidad exclusiva de la familia para convertirse en una responsabilidad compartida por toda la sociedad.

Dicen que la educación comienza en casa. Es verdad. Pero hace mucho dejó de ser el único lugar donde se forma el carácter de un niño. Cada mañana, cuando un niño sale de su hogar, entra en el salón de clases más grande que existe: la sociedad. Allí no hay pupitres ni pizarras, pero las lecciones son permanentes.

Durante años, en las conferencias y capacitaciones que imparto a líderes comunitarios y colaboradores de instituciones públicas y privadas, he repetido una idea que considero fundamental: los padres son los primeros educadores de sus hijos. Lo sigo creyendo. Sin embargo, con el paso del tiempo he comprendido que esa afirmación, aunque cierta, hoy resulta incompleta.

Ningún padre educa solo. Por eso me preocupa que hayamos reducido el debate a una sola pregunta: ¿qué están haciendo los padres? Es una pregunta válida, pero insuficiente. Tal vez deberíamos atrevernos a formular otra mucho más incómoda: ¿qué estamos haciendo como sociedad? Porque los niños no aprenden únicamente de quienes los corrigen; aprenden, sobre todo, de quienes observan.

Cada conducta deja una huella. Cada decisión comunica un valor.

Cada ejemplo, por pequeño que parezca, termina escribiendo una línea en la conciencia de alguien. Educa el funcionario que convierte la corrupción en una práctica cotidiana y también el servidor público que entiende que administrar recursos ajenos es un acto de honor. Educa el conductor que acelera cuando el semáforo apenas cambia a rojo, y también quien se detiene porque entiende que el respeto a las normas comienza cuando nadie lo está mirando. Educa el policía que honra el uniforme con su conducta y también quien olvida que la autoridad jamás puede convertirse en prepotencia. Los medios de comunicación tampoco son simples narradores de la realidad; cada noticia, cada enfoque y cada silencio también educan. Educa la madre, el padre o la vecina que, al escuchar tocar la puerta, le dice a un niño: «Si llega el cobrador, dile que no estoy», enseñándole en apenas unos segundos que la mentira puede ser una herramienta aceptable cuando la verdad resulta incómoda.

Quizá el verdadero problema sea que estamos construyendo una sociedad que demasiadas veces premia la astucia, la apariencia y el beneficio inmediato por encima del bien común. Los niños escuchan nuestras palabras, sí, pero terminan creyendo nuestras acciones. Con el tiempo, reproducen exactamente aquello que aprendieron mirando. La coherencia sigue siendo la forma más poderosa de educar.

La responsabilidad social comienza cuando comprendemos que nuestra conducta cotidiana también transforma comunidades. Una empresa responsable no solo genera empleos; también construye ciudadanía con su ejemplo. Una escuela no solo transmite conocimientos; forma conciencia. Una institución pública no solo presta servicios; fortalece la confianza de toda una nación.

La infancia necesita mucho más que buenos padres.

Necesita buenos referentes. Líderes conscientes del peso de su ejemplo y ciudadanos que recuerden que el respeto nunca pasa de moda. Ningún hogar, por sólido que sea, puede educar completamente en sentido contrario a la sociedad que rodea a un niño.

Cada generación se pregunta cómo serán los adultos del mañana. Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿qué clase de adultos estamos siendo nosotros delante de ellos? Porque los niños de hoy serán los médicos que algún día cuidarán nuestra salud, los maestros que formarán a nuestros nietos, los jueces que impartirán justicia, los empresarios que crearán oportunidades y los gobernantes que tomarán decisiones sobre el país que heredarán. La calidad de esa generación dependerá, en buena medida, de la calidad de los ejemplos que encuentre en la nuestra.

La infancia no es un asunto privado.

Es el proyecto colectivo más importante de una nación. En definitiva, todo espacio donde un niño observa a un adulto termina convirtiéndose en un escenario educativo. Mientras seguimos preguntándonos quién está criando a nuestros hijos, quizá la respuesta ha estado siempre frente al espejo.

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