junio 24, 2026

EFECTOS COLATERALES DE UNA DEMOCRACIA POLARIZADA

Los resultados preliminares de las elecciones presidenciales en Colombia dibujan un laberinto de escenarios con una sociedad profundamente dividida.

Colombia es clave para la economía regional: tercera población de América Latina con casi 53 millones de habitantes y cuarto país de Sudamérica con más de 1,1 millones de km². Es el único con acceso exclusivo a las costas del Pacífico y del Atlántico vía el Caribe.

El escrutinio dejó un panorama brutal: más de 25 millones de ciudadanos votaron y apenas el 0,9% decidió el destino de todos. Unos 250 mil votos, en su mayoría de la diáspora, inclinaron la balanza hacia la propuesta radical de Abelardo de la Espriella.

Colombia exhibe la diversidad electoral más profunda de los países andinos.

Las banderas de Iván Cepeda pasan ahora a ser la ruta de las luchas populares con las que De la Espriella deberá negociar.

La izquierda rinde mejor en la oposición que al frente del Ejecutivo. Ahí se siente cómoda en las batallas de la sinrazón.

De la Espriella, por su parte, tendrá que conciliar con la frase del gran Tatico Henríquez: “Es una facilidad pintar una paloma, pero la dificultad es pintarle el pico y que coma”. Las campañas en la era de la posverdad y las fake news aguantan cualquier discurso. Lo difícil es cumplir las promesas en tiempo y espacio.

A Colombia le esperan días muy duros. El mundo, en sentido general, está polarizado. Los organismos internacionales pierden credibilidad a velocidad. Los cuadros políticos desaparecen junto con la partidocracia tradicional. Los vengadores sociales y chapulines modernos están a flor de piel, porque los líderes tradicionales se vistieron de incoherencia y falsedad. Así damos paso a la era de los discursos hechos a la medida del oído de la desesperanza colectiva.

América Latina debe girar a sus orígenes. Los valores, la educación y la historia son un faro en medio de tanta incertidumbre. Sobre todo ahora, cuando todos quieren un vengador personal para sus sueños. Y ese vengador, muchas veces, resulta más sal que chivo.

República Dominicana, como cuna de la geopolítica del Nuevo Mundo, también debe mirarse al espejo. Ya son muchos los que de inmediato se proclaman como los “Espriella dominicanos”, hombres sin identidad, de la misma saga de los “Buquele dominicanos” o los “Milei dominicanos”.

Cada nación tiene sus propios problemas, no existen soluciones globales en un mundo diverso.

Tal vez solo necesitamos la fórmula sencilla: volver a Juan Pablo Duarte y Díez.

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